Cambiar también es crecer: entender lo que sentimos (y acompañar a los peques en el proceso)
Hay momentos en la vida en los que algo dentro de nosotros empieza a moverse. A veces es una sensación pequeña, casi imperceptible. Otras veces es una especie de ruido interno que no sabemos muy bien de dónde viene, pero que nos dice que algo necesita cambiar.
Los cambios nunca son simples. Incluso cuando son decisiones que tomamos nosotros mismos, vienen acompañados de muchas emociones mezcladas: ilusión, miedo, duda, alivio, nostalgia… todo a la vez.
Hace poco tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: dejar Mukkies en manos de otras personas.
No fue una decisión rápida ni impulsiva. Mukkies ha sido durante muchos años mucho más que una tienda. Ha sido un proyecto construido desde una manera muy concreta de entender el juego, la infancia y las familias. Pero llegó un momento en el que empecé a escuchar esa pequeña voz interna que me decía que algo dentro de mí necesitaba moverse hacia otro lugar.
Con el tiempo entendí algo importante sobre mí: mi cerebro necesita estímulos nuevos cada cierto número de años. Cuando paso demasiado tiempo en el mismo lugar, incluso en algo que amo, empiezo a sentir que algo dentro de mi cabeza se apaga poco a poco. Durante mucho tiempo pensé que eso era un problema. Pensé que quizás me faltaba constancia o que debería ser capaz de quedarme en el mismo sitio para siempre.
Pero con los años he entendido que simplemente mi cerebro funciona así.
Y cuando empiezas a observar cómo funciona tu mente, empiezan a encajar muchas piezas.
Cada vez hablamos más de neurodivergencia, un término que se utiliza para describir cerebros que procesan la información, las emociones o la motivación de una manera distinta a la que tradicionalmente se considera “lo habitual”. Dentro de este paraguas entran muchas realidades diferentes, pero todas tienen algo en común: no son cerebros defectuosos, son cerebros que funcionan de otra forma.
Muchas personas crecen sintiendo que algo no termina de encajar. A veces aparece en forma de una necesidad constante de estímulo, otras veces como una sensibilidad muy intensa o una forma de pensar especialmente creativa. En algunos casos se relaciona con perfiles como el TDAH, la alta sensibilidad o formas de pensamiento muy divergentes.
Lo importante no es la etiqueta. Lo importante es el momento en el que entiendes cómo funciona tu mente. Porque en ese momento algo cambia: dejas de verlo como una mochila que cargar y empiezas a verlo como una forma particular de estar en el mundo.
Curiosamente, cuando empezamos a comprendernos mejor también empezamos a mirar a los niños de otra manera.
En Mukkies veo cada día algo que a veces olvidamos como adultos: los niños no tienen problemas con las emociones, tienen problemas para entenderlas. Ellos sienten exactamente lo mismo que nosotros cuando atraviesan cambios importantes: nervios, miedo, tristeza, enfado o inseguridad. La diferencia es que todavía no tienen las herramientas para ponerle nombre a todo eso que pasa dentro.
Por eso una de las cosas más valiosas que podemos hacer como adultos es ayudarles a identificar lo que sienten. Y para eso el juego es un aliado increíble.
A lo largo de los años he ido seleccionando materiales que ayudan a abrir conversaciones y a poner palabras a lo que pasa por dentro. No porque los juegos “resuelvan” las emociones, sino porque crean espacios seguros donde podemos explorarlas juntos. Algunas herramientas que funcionan especialmente bien en casa son:
Cartas o juegos de emociones, que permiten identificar cómo nos sentimos y empezar conversaciones que a veces no sabemos cómo iniciar.
El juego simbólico, donde los niños representan situaciones con muñecos, animales o personajes y procesan cambios que están viviendo.
Puzles y juegos tranquilos, que ayudan a regular el sistema nervioso cuando las emociones están muy activas y necesitamos bajar un poco el ritmo.
Muchas veces no hace falta hacer nada complicado. A veces basta con sentarse juntos y preguntarse cosas sencillas: ¿cómo te has sentido hoy?, ¿qué emoción se parece más a lo que tienes dentro?, ¿qué crees que necesitas ahora?
Lo bonito de este proceso es que no solo ayuda a los niños. También nos ayuda muchísimo a los adultos. Porque acompañar a un niño a entender lo que siente inevitablemente nos lleva a mirarnos por dentro y preguntarnos cosas importantes: cómo gestionamos nosotros los cambios, qué hacemos con nuestras emociones o si realmente nos permitimos ser quienes somos.
En mi caso, entender cómo funciona mi mente me ayudó a tomar decisiones que hace unos años no les encontraba sentido. Como soltar Mukkies para que otras personas continúen el proyecto, sabiendo que mi camino ahora necesita otros retos y otros aprendizajes.
No porque deje de querer lo que he construido. Al contrario. Precisamente porque lo quiero he podido entender cuándo era el momento de que siguiera creciendo de otra manera.
Si algo he aprendido en todo este proceso es que muchas veces crecemos pensando que debemos encajar en un molde muy concreto. Pero la realidad es que no todos los cerebros funcionan igual, no todas las personas necesitan lo mismo y no todos los caminos tienen la misma forma.
Y eso no es un problema.
Es diversidad.
Cuando dejamos de intentar encajar a la fuerza y empezamos a comprender cómo somos realmente, ocurre algo muy liberador: podemos empezar a construir una vida que tenga sentido para nosotros. Y cuando un adulto se permite hacer eso, los niños que crecen a su alrededor aprenden algo muy valioso sin que tengamos que explicárselo demasiado.
Aprenden que ellos también pueden ser quienes son.